El caballero de la casa roja

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Capítulo XI

Al momento de oírse la señal subieron los otros municipales, acompañados por un destacamento de guardia. Se cerraron las puertas y se interceptaron las salidas de todas las habitaciones. Después, Maurice entró en la habitación de la reina y esta le preguntó qué quería.

—Deseo que me entregue la nota que escondía.

—Usted se equivoca, señor; no escondía nada.

—¡Mientes, austríaca! —exclamó Agrícola.

—Usted escondía la nota que ha traído la hija de Tison y que su hija ha recogido junto con su pañuelo.

Las tres mujeres se miraron espantadas. La reina protestó por el trato que se les daba y Maurice le dijo que ellos no eran jueces ni verdugos, sino vigilantes; por tanto tenían una misión que no podían violar mas que cometiendo una traición.

—Señores —dijo la reina—, puesto que son vigilantes, busquen, y prívennos del sueño esta noche, como siempre.

Maurice le explicó que no osaría poner la mano en una mujer: daría parte al ayuntamiento y esperaría órdenes. Pero ellas no podrían acostarse, dormirían en sillones mientras se las vigilaba.


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