El caballero de la casa roja
El caballero de la casa roja Al momento de oírse la señal subieron los otros municipales, acompañados por un destacamento de guardia. Se cerraron las puertas y se interceptaron las salidas de todas las habitaciones. Después, Maurice entró en la habitación de la reina y esta le preguntó qué quería.
—Deseo que me entregue la nota que escondía.
—Usted se equivoca, señor; no escondía nada.
—¡Mientes, austríaca! —exclamó Agrícola.
—Usted escondía la nota que ha traído la hija de Tison y que su hija ha recogido junto con su pañuelo.
Las tres mujeres se miraron espantadas. La reina protestó por el trato que se les daba y Maurice le dijo que ellos no eran jueces ni verdugos, sino vigilantes; por tanto tenían una misión que no podían violar mas que cometiendo una traición.
—Señores —dijo la reina—, puesto que son vigilantes, busquen, y prívennos del sueño esta noche, como siempre.
Maurice le explicó que no osaría poner la mano en una mujer: daría parte al ayuntamiento y esperaría órdenes. Pero ellas no podrían acostarse, dormirían en sillones mientras se las vigilaba.