El caballero de la casa roja

El caballero de la casa roja

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La señora Tison asomó la cabeza y Maurice le puso al corriente de lo que ocurría, advirtiéndole que su hija no volvería a entrar allí.

La mujer, exasperada, amenazó a la reina.

—No amenaces a nadie —le dijo Maurice—; obtén por la dulzura lo que pedimos; tú eres mujer, y la ciudadana Antonieta, que también es madre, tendrá sin duda piedad de una madre. Mañana tu hija sera arrestada; luego, si se descubre algo, y sabes que si se quiere se descubre siempre, estará perdida, ella y su compañera.

La señora Tison, que había escuchado a Maurice con un terror creciente, volvió su mirada, casi extraviada, a la reina.

—¿Lo oyes, María Antonieta?… ¡Mi hija!… Tú habrás perdido a mi hija.

La reina parecía espantada, no por la amenaza que brillaba en los ojos de su carcelera, sino por la desesperación que se leía en ellos.

—Venga, señora Tison —dijo—; tengo que hablarle.

Agrícola quiso oponerse, pero Maurice le dijo que las dejara hacer.

—Vamos al otro lado de la vidriera y pongámonos de espaldas. Estoy seguro de que la persona con la que tengamos esta condescendencia, no nos hará arrepentimos de ello.


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