El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Perdón, amigo mÃo —le dijo—, perdón por no haber acudido a vuestro encuentro, pero no me encuentro bien. ¿Qué os pasa Maximiliano? ¡Parecéis inquieto y preocupado! Será culpa de la polÃtica. Yo haré que, en vuestra frente, resplandezcan de nuevo la serenidad y la felicidad. Venid, Maximiliano, acercaos para que os diga en voz baja un gran secreto, un dulce secreto que no dejo de repetirme a mà misma, y que me ha hecho más tolerable vuestra ausencia. Un encantador secreto, que he preferido no confiaros por carta, porque me parecÃa mucho mejor comunicároslo de viva voz. Un secreto que no podÃa revelaros cuando os fuisteis, porque todavÃa era desconocido para mÃ. Escuchadme, Maximiliano; apartad de vos ese sombrÃo humor. ¿Os acordáis de la noche de nuestra separación, aquella noche tan dulce y tan cruel a un tiempo? Besad rápidamente a vuestra esposa, Maximiliano, porque dentro de seis meses haréis lo mismo con vuestro hijo.