El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Está bien —contestó, tras azotar a su caballo, en lugar de a TobÃas—; es todo lo que querÃa saber por ahora. Por otra parte, lleva razón, TobÃas: la condesa me contará todo lo demás.
El caballo dio un respingo hacia delante, y TobÃas se quedó rezagado. Pero, como su señor no le hizo ninguna seña y no le dirigió más la palabra, siguió tras él, y guardó la distancia respetuosamente.
Aunque el rostro de Maximiliano parecÃa tranquilo, espantosas sospechas le roÃan el corazón, aquel corazón tan insensible al amor, pero tan pronto para la cólera, tan presto para acusar.
—¡Una prueba! ¡Tan sólo una prueba de su deshonor! ¡Una prueba que me permita acabar con la culpable!
Y casi deseaba la aparición de tal prueba. Cuando llegaban al extremo de la alameda que conducÃa hasta el castillo, vio a Albina en la escalinata, que le esperaba, entre nerviosa y contenta. De forma convulsiva, el conde clavó sus espuelas en el vientre del caballo. Y la pobre mujer pensó que el conde ponÃa al trote su montura por la impaciencia de volver a verla. En cuanto el conde echó el pie a tierra, Albina se colgó de su cuello.