El Castillo de Eppstein

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—¿Y eso es todo lo que se sabe de ese oficial? ¿Nada de sus orígenes, de su familia? ¿Es noble o plebeyo, rico o pobre? Cuéntame.

—En cuanto a esas cuestiones, no sé nada, señor. Pero estoy seguro de que la señora condesa os dará todas esas informaciones que me pedís.

—¿Y por qué lo cree así, Tobías? —añadió el conde, tras echar una mirada al indiscreto narrador, para asegurarse del sentido con que éste le había dado tal respuesta.

—Porque me dio la impresión, señor —repuso Tobías, con esa afectada caballerosidad que produce en casi todos los criados el odio que sienten hacia sus señores—, que la señora condesa y ese joven oficial se conocían ya desde hace tiempo.

—¿Y qué le llevó a concluir al señor fisonomista —prosiguió Maximiliano, en un tono lleno de rencor, cuyo alcance Tobías no acertaba a entrever— que el joven oficial y la condesa se hubiesen visto antes del acontecimiento que los reunió?

—Pues el hecho de que la condesa llamaba Jacques al militar, y que éste, a su vez, le llamaba Albina.

Con gesto mecánico, Maximiliano alzó la fusta que llevaba en la mano para cruzar la cara al sagaz observador que cabalgaba a su lado. Pero se contuvo.


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