El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Entonces, se dedicarÃa a cazar…
—Ni cogió un fusil, ni montó a caballo una sola vez. Jonathas me dijo ayer mismo que, en estos dos meses, no lo habÃa visto ni una vez.
—Pero ¿qué hacÃa, entonces? —dijo el conde, tras intentar contenerse, porque notaba que la voz se le alteraba.
—¿Que qué hacÃa? Muy fácil. Por las mañanas, jugaba como un niño con el señorito Alberto, que le habÃa tomado un enorme cariño y que, en cuanto se despertaba, corrÃa a su cuarto; o bien charlaba, como un viejo, con el señor cura, que se maravillaba de tantas cosas como sabÃa. Después de comer, se dedicaba a la música y acompañaba —a veces, incluso cantaba también— a la señora al clavecÃn. Como era la hora de descanso del servicio, todos escuchábamos a la puerta del salón aquel par de voces que parecÃan las de dos ángeles. Terminado el concierto, solÃa dedicarse a leer en voz alta. Por las noches, y como ya le he dicho, señor, en raras ocasiones, daba un paseo por el jardÃn.
—¡Qué extraño oficial! —dijo el conde, amargado—. Juega con niños, filosofa con ancianos, canta con mujeres, lee en voz alta y pasea en solitario.
—Sólo, no, señor —replicó TobÃas—; la señora siempre le acompañaba.
—¿Siempre? —preguntó el conde.
—Por lo menos, casi siempre —repuso TobÃas.