El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—A nada, señor. Estaba casi siempre en las habitaciones de la señora. Sólo salía de vez en cuando, al atardecer, para darse un paseo por el parque, como si temiera que alguien le descubriera por allí.

Los labios de Maximiliano se tornaron lívidos, pero sin que su voz demostrase la más mínima alteración.

—¿Cuándo se fue, pues? —continuó.

—Hará ocho o diez días.

—¿Cómo era? —preguntó el conde—; ¿joven o viejo, apuesto o feo, triste o alegre?

—Pues era un joven de unos veintiséis o veintiocho años, más o menos, rubio, pálido, delicado, que siempre daba la impresión de estar triste.

—Imagino que —prosiguió el conde, tras morderse los labios, por seguir la conversación casi a su pesar, con esa obstinación que mueve a los corazones a saber de cosas que han de hacerle daño— se aburriría mucho en el castillo…

—No, señor. Parecía triste, pero no aburrido.

—Ya —continuó Maximiliano—, porque sus compañeros vendrían a visitarle y le distraerían.

—No, no buscaba distraerse. En todo el tiempo que permaneció en el castillo, tan sólo en dos ocasiones vino su furriel a ver cómo estaba. Y nunca a petición suya, sino para transmitirle las órdenes de su coronel.


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