El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Como era de esperar, la conversación versó sobre la estancia de los franceses en aquellos parajes. En cuanto el conde y Tobías se pusieron en camino, el primero hizo una seña al segundo, que se mantenía discretamente unos pasos más atrás, para que se pusiera a su lado y cabalgasen juntos. Tobías obedeció.

—Creo —dijo Maximiliano—, por las cartas que me ha escrito la condesa, que los franceses han respetado el castillo.

—Así es, señor conde —respondió Tobías—; todo gracias a la protección del capitán Jacques. Sin él, las cosas no nos habrían ido tan bien.

—¿Quién es ese capitán Jacques? —preguntó Maximiliano—. La condesa me habló de él en una de sus cartas. Resultó herido, según tengo entendido.

—Sí, señor. Hans se lo encontró moribundo a quinientos pasos del castillo, y consiguió trasladarlo hasta Eppstein. Pasó una noche entera entre la vida y la muerte. Pero el capellán lo curó tan bien y la señora condesa lo cuidó con tanta asiduidad que, al cabo de un mes, se encontró plenamente restablecido.

—¿Y se marchó del castillo? —inquirió Maximiliano, quien había fruncido el ceño, de forma casi imperceptible, ante la mención de los cuidados que la condesa había dispensado al herido.

—No; se quedó un mes más.

—¡Un mes! Y, ¿a qué se dedicaba?


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