El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein La casita del guarda de Eppstein se encontraba a unos cien pasos de la cerca que rodeaba el parque del castillo, a la entrada del bosque, pegada a una pequeña colina arbolada que permitÃa el paso del viento del norte. Era vieja y poco sólida y, sin embargo, daba la impresión de ser nueva y alegre, por el tono rojizo de los ladrillos, por las contraventanas pintadas en verde oscuro y por la viña que adornaba caprichosamente sus paredes. En conjunto, lucÃa esa pátina armoniosa que sólo se consigue con el paso del tiempo, el gran pintor. Tanto cuatro grandes tilos, plantados a la puerta de entrada para dar sombra, como el acogedor poyo del umbral, el arroyo, el bonito patio y un pequeño jardÃn, alegre, lleno de flores y de frutas, tupido y con pájaros, todo hacÃa que los ojos se fueran detrás de aquella casa que alegraba la vista. En el interior, reinaba ese mismo orden, carente de afectación, la misma limpieza sin asomo de tristeza. En la planta baja, estaban la sala común de la familia y el cuarto del padre. En la planta alta, la habitación de los niños, pintada de blanco, no exenta de coqueterÃa, ordenada, alegrada por una jaula cantarina y perfumada con un jarrón de flores. Ya se sabe que la ventana que exhibe una rosa y un pinzón atestigua que sus inquilinos son mejores y más bondadosos que sus vecinos.