El Castillo de Eppstein

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Tras la lectura de aquella carta, de la que no entendía nada salvo que estaba perdida, la condesa se quedó anonadada. Ya hemos mencionado la violen autoridad con que Maximiliano imponía su implacable voluntad, y cómo todo el mundo se sometía a sus violentos y groseros deseos, con tal de evitar los ciegos e inevitables pasos del destino. Tanto era así que Albina, a pesar de saberse inocente, agachó la cabeza, como ante la muerte, y esperó, aunque en la actitud tranquila que adoptó, había tanta dignidad como resignación. La sostenía el sentimiento de que era inocente y, como ya no amaba a su marido, pensaba menos en la estima del conde que en la propia.

—Si Maximiliano ya no respeta a su esposa —meditaba Albina—, habrá de ser ella quien se respete a sí misma, y proteste, con su calma fuerte y confiada, contra tan injusta condena. Ni siquiera sé del delito que me acusa Maximiliano, pero el futuro siempre es portador de una antorcha que ilumina los tiempos pasados. Y llegará el día en que Maximiliano habrá de reconocer su error. Mientras tanto, conviene que yo permanezca orgullosamente tranquila.




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