El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Por más preguntas que se hacía Albina, no era capaz de encontrar en toda su vida un motivo que suscitase tanto rigor por parte del conde. A lo peor, se había equivocado por haberse guardado la noticia durante tanto tiempo. Pero si tal había sido su manera de actuar, sólo lo había hecho por darle en persona la noticia a su esposo. Tan ligera falta no se merecía un trato tan desconsiderado. La pobre condesa, extraviada entre mil terribles dudas, sola, en su cuarto, no sabía qué pensar, y se echaba a temblar en cuanto oía el mínimo ruido. Al cabo de una hora, la puerta se abrió, y entró un criado con una carta, de Maximiliano, cuyo contenido era el siguiente:
«Señora,
Me limito a haceros saber mi voluntad, mi expreso deseo. ¿Queda claro? Pues es éste. Nunca más abandonaréis los muros de este viejo castillo. Nunca más os aceptaré en mi presencia. Si salgo, cosa que haré todos los días, sois libre para pasear por el patio o por los jardines. Pero, y os va en ello la vida, os ordeno que no deis ni un solo paso más allá. Os prohíbo también que escribáis a nadie, y que volváis a ver a vuestra Guillermina. Sabéis quién soy y lo que represento. Obedeced, y no provoquéis mi cólera, porque no respondo de las consecuencias de un estallido del que sólo vos seríais responsable.
Maximiliano de Eppstein».