El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Así que con toda impaciencia, aguardó y deseó Albina el regreso del conde. Y alegre y expansivamente apresurada, le confió, entre sonrisas, aquel amado secreto. Y con la ingenuidad y la gracia de una niña traviesa, escrutó el rostro de su marido para hacerse idea del efecto causado por tan buena nueva. Esperaba que le besaría con delirio, que le llamaría con los nombres más dulces, que le plantearía mil preguntas, todas tiernas y cuajadas de inquietud. Pero, en vez de eso, Maximiliano se puso terriblemente pálido, y estrechó con rabia la mano que Albina le tendía. Calculó, a continuación, a qué distancia venían Tobías y su séquito y, sin decir palabra, insensible, pasó ante su mujer, consternada, y se alejó de ella con precipitación.
Albina se quedó de pie, inmóvil y fría, en el mismo lugar en que el conde le había dejado, como una estatua viviente del dolor. Se llevó la mano a la frente; pero estaba perfectamente despierta: no era un mal sueño. Con el alma poseída por el terror y la angustia, se volvió a sus habitaciones. ¿Qué había hecho? ¿Qué falta había provocado la cólera de su marido? ¿Qué delito había cometido? Porque para que tanta cólera fuera más intensa que la felicidad que ella le había anunciado, debía de tratarse de algo de extraordinaria gravedad.