El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein V
Albina habÃa pensado que, cuando hiciese partÃcipe a su marido de la feliz revelación que alegraba plenamente su corazón maternal, Maximiliano compartirÃa esa felicidad, estrecharÃa a su esposa entre sus brazos, y darÃa esos gritos que sólo el alma es capaz de comprender y recibir, porque una nueva era se inicia para el amor.
—No he prestado la debida atención al conde —se decÃa Albina, con la preocupación generosa que le caracterizaba—. Es noble, bueno, solÃcito, pero, en mis sueños, lo comparaba con mis quimeras infantiles. ExigÃa a la vida que hiciese reales las caprichosas fantasÃas de mi imaginación, como si un hombre de Estado fuera un personaje novelesco, como si los hombres del siglo XVIII tuvieran algo que ver con los que vivieron doscientos años atrás. Estaba loca. Pero, ahora, soy seria, fuerte y madre, y ya nada debo exigir, porque tengo deberes que cumplir, y abandonaré toda rigidez, en aras de esa responsabilidad. Creo, además, que serÃa capaz de perdonar todo al padre de mi hijo, a quien me ha dado la felicidad de ser madre, la alegrÃa más pura del mundo.