El Castillo de Eppstein

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—Cállate. ¿Qué te importa a ti lo que haga o deje de hacer la condesa? No es cosa tuya.

Desde entonces, el pobre guardabosque no osó formular preguntas tan mal recibidas. Y así transcurrieron unas cuantas semanas, hasta finales del mes de diciembre. Llegó el momento del parto de Guillermina. La mañana del día de Navidad, el conde había quedado con Jonathas, quien en vano esperó a su señor durante un par de horas, sin que éste se dignase aparecer. En su lugar, al cabo de un rato, Jonathas vio que alguien se acercaba y le llamaba a grandes gritos: Guillermina iba a ser madre. Jonathas regresó rápidamente a su casa cuando, en el momento en que traspasaba el umbral, su mujer daba a luz a una niña. Tras el parto, el primer pensamiento de Guillermina fue para su esposo; el segundo voló hasta Albina.

—Hay que avisar a la señora condesa —exclamó Guillermina, radiante, a pesar de los dolores.

Pero tan sólo lágrimas y silencio respondieron a la petición de la muchacha, Porque, aquella misma mañana, algo terrible había ocurrido en el castillo.


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