El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Con todos estos planes y esperanzas por el medio, el conde Maximiliano regresó de Viena. Pero al día siguiente de su vuelta, cuando Guillermina se presentó en el castillo como siempre, se le dijo que la señora no podía ver a nadie, por orden del conde. Aunque la muchacha insistió, casi la echaron de allí. Y regresó a su casa, inquieta y afligida.
A partir de entonces, el conde Maximiliano, que muy rara vez se había dado a la caza, se dedicó a cazar todos los días, en compañía de Jonathas. Mientras, el viejo Gaspar no se movía de casa, encantado de ver cómo su yerno ocupaba su puesto. Durante aquellas jornadas cinegéticas, el conde daba muestras de una arisca crueldad que nadie le suponía, que iba en aumento cada día, y que parecía responder a un deseo íntimo de causar sufrimiento. Cuando un ciervo o un gamo ya estaban heridos, en lugar de acortarles una larga y dolorosa agonía, de un tiro o de una cuchillada, permitía que los perros los devorasen, aunque en la liza los mejores de la jauría resultaran destripados. Mientras tanto, y siempre taciturno, contemplaba el espectáculo con una sonrisa en los labios. El resto del tiempo guardaba silencio, y así la mayor parte de los días. A petición de su mujer, en una ocasión, Jonathas se atrevió a preguntarle por su esposa. Maximiliano palideció y, con voz cortante y mirada amenazadora, le dijo: