El Castillo de Eppstein

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Cuando el capitán Jacques faltó, Albina se acercó de nuevo a Guillermina, y la pidió que viniera a verla tan a menudo como le fuera posible. Porque aquellas dos mujeres, separadas tanto por la cuna como por la educación, eran dos almas gemelas, cuyos espíritus estaban en comunión. La castellana recuperó algo de su antigua alegría, y confió a Guillermina, y sólo a ella, la dulce esperanza a la que se debía aquel contento, porque la mujer de Jonathas también iba a ser madre, un mes, o así, antes que la condesa. Y se dedicaron a imaginar proyectos, sueños, locuras…

—Nuestros dos hijos —le decía Albina— serán criados juntos y tendrán los mismos tutores. Quiero que así sea; ¿me has oído Guillermina?

—Sí, señora —le respondía ésta—; pero pienso que vos sois demasiado delicada como para alimentar a vuestro hijo, así que yo seré quien le dé de mamar al mismo tiempo que al mío. Soy una mujer de campo, fuerte y bien plantada, así que perded cuidado, que sabré cuidar de los dos, aunque al final no sabré ya cuál de los dos sea mi verdadero hijo.




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