El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Cuando la presencia de los franceses obligó al conde a escapar a Viena, éste ordenó a su esposa que no abandonase jamás el castillo. Como Guillermina tenía que realizar las tareas propias de su casa, la pobre Albina se sentía más triste y sola que nunca en el momento en que apareció por el castillo el capitán Jacques. Las personas que sufren por razones sentimentales experimentan una mayor compasión hacia todo tipo de dolor. Por eso, Albina volcó todas sus preocupaciones en aquel joven herido, mientras que el francés, por su parte, sentía una especial simpatía por la castellana. Durante una velada, el capitán Jacques contó su vida a Albina. Parece fuera de toda duda que, en aquella narración que no ha llegado hasta nosotros, debieron de aparecer algunos asuntos de profundo interés, ya que, a partir de aquel momento, aquellos dos corazones jóvenes se sintieron unidos por una real amistad.

Desde aquel instante también, el pensamiento de Albina encontró materia a la que dar vueltas, y su vida, un nuevo interés. Y ya no echaba tanto de menos sus paseos por el bosque, ni insistía tanto a Guillermina para que fuera al castillo a visitarla. Es más, la mujer del guardabosque ni siquiera se cruzó una sola vez con el herido, durante todo el tiempo que éste permaneció en el castillo de Eppstein: le pareció ver tan sólo un atisbo de su uniforme, el día en que éste partió para unirse a su regimiento, estacionado en Maguncia.


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