El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Noemí se fue, y pasaron días, meses y años sin una carta suya: todo lo que sabían de ella era que se encontraba en Francia. Guillermina lloraba, cuando se acordaba de su hermana. Ésos eran sus únicos momentos de tristeza, porque, por lo demás, era feliz y amaba a su marido, que la adoraba.

Ya sabemos de la muerte del conde Rodolfo y de su esposa. Pues, bien, cuando Maximiliano decidió relevar a todo el servicio, así lo hizo, con las solas excepciones de Gaspar y Jonathas. Si hubieran estado al servicio de otros, Gaspar podría hablar de su yerno, y Jonathas, de su cuñado; si los mantenía a ambos entre el personal de la casa, el conde les obligaba a comportarse con discreción.

Cuando Albina llegó al castillo de Eppstein, la dulce y bondadosa Guillermina fue muy de su agrado. Los incipientes celos de Maximiliano le llevaron a prohibir a su esposa que visitara los castillos vecinos, pero nada le impedía acercarse a las chozas. Albina se aburría menos en la alegre casita del guarda forestal que en la lúgubre y oscura fortaleza. Y en casa de Guillermina, llegó a tener sus propias flores, que ella misma regaba, y hasta su presencia resultaba familiar para algunos pájaros. Fue en aquel lugar donde Albina disfrutó un poco del aire, del sol y de la libertad; allí fue donde contempló, por casualidad, la maravillosa luz de aquellos hermosos días de Winkel.


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