El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Una vez escrita aquella amenazadora carta, también él se dispuso a esperar. Mañana y noche, los dos habitaban bajo el mismo techo, y Albina oía los pasos de Maximiliano por el pasillo, siempre lentos, siniestros. Ni una sola vez se paró ante su puerta, ni vaciló por sentir deseos de detenerse allí. Durante semanas y meses, no se vieron ni una sola vez, pero aun así, ambos pensaban en el otro, y tanto o más que los amantes más unidos. Por más que el conde buscaba en el cansancio físico el modo de olvidar las sombrías ideas que le obsesionaban, le resultaba imposible. El ultraje del que creía ser víctima era de esos que un hombre de su carácter padece con tanta intensidad que les resulta imposible olvidar o perdonar. Por su parte, la condesa, aunque buscaba refugio en su conciencia y trataba de apartar todo pensamiento que no fuera para su futuro hijo o para Dios, el misterioso comportamiento de Maximiliano la espantaba y perturbaba continuamente sus esperanzas, por el día, así como sus sueños, de noche.