El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein La calma que ambos aparentaban no era sino esa engañosa tranquilidad que precede al estallido de una tormenta. Los dos lo sabían bien, y los dos estaban dominados por la angustia, dolorosa y febril, de la espera. Porque Maximiliano y Albina ya no vivían: con aquella calma reflejada en sus rostros, sino que con la muerte en sus almas, muchas veces se sobresaltaban ante los sordos terrores que les oprimían el pecho. Sin darse cuenta, él se echaba a temblar ante la aureola de pureza con que su mujer se había adornado. Ella, conocedora del carácter violento de su marido, se esperaba cualquier cosa del primer día en que hubieran de volver a encontrarse.
Pero fue Albina la primera para la que tal estado de cosas resultó intolerable. Segura de su inocencia, se decidió a afrontar aquel peligro desconocido que la rondaba, amenazante. Estaba tan segura de la existencia del mismo que, tras varios días de duda, cuando tomó la decisión de pedir una explicación a Maximiliano, antes de nada dejó escritas unas líneas que, como veremos, constituyen más un testamento que una carta propiamente dicha.
«No sólo tengo prohibido verte, mi querida Guillermina, sino hasta escribirte. De modo que recibirás esta carta sólo en caso de que haya muerto. Creo, sin embargo, que la muerte es capaz de sortear el deber de obediencia.