El Castillo de Eppstein

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Pero eso no es todo, Guillermina. Escucha lo que voy a decirte. Si Dios me llamase, estoy segura de que el conde Maximiliano educaría noblemente y como conviene a mi hijo. Pero la educación del espíritu, ya sabes a qué me refiero, la que se recibe en el regazo de una madre, sólo una mujer puede transmitirla. Los hombres enseñan las cosas de la vida; pero hace falta siempre una mujer que instruya en lo que al cielo toca. Por ejemplo, tú que me conoces, le hablarías mucho mejor de mí de lo que lo haría su padre, que nunca se tomó la molestia de conocerme. Háblale de mí, Guillermina, cuando tengas ocasión, o siempre. Haz que me conozca como si me hubiese visto, y no le niegues ni la menor de esas caricias que son tan necesarias a los pequeños como la leche que maman. ¡Pobre huérfano! Confío en ti para que crezca en una atmósfera de amor y cariño. Te pido, mi querida Guillermina, que seas no sólo su nodriza, sino también su madre.

Creo que eso es todo lo que tenía que decirte. Si se me ha olvidado algo, tu corazón sabrá adivinar el resto de mis ideas.

Pensarás que soy una egoísta, porque todavía no me he referido a ti. ¡Perdóname! ¡Sólo te he hablado de él, del niño que llevo en mis entrañas!


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