El Castillo de Eppstein

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Precisamente, en aquel primogénito había puesto por entero sus ojos y sus esperanzas el conde Maximiliano. Aquel niño, seguro que era suyo, y Maximiliano gustaba de repetirse a sí mismo que, tanto por nacimiento como por ley, aquel chaval sería un día el jefe de la casa de Eppstein, y que representaría la continuidad de las ambiciones y títulos de su padre. El conde había dispuesto que Alberto recibiera la más completa y esmerada formación, una educación que le preparase para ser caballero, oficial del Ejército y diplomático, especialmente esto último. Por lo demás, este hijo bien amado y único, porque su hermano menor no contaba para nada, no había perdido del todo, al igual que su padre, la alianza que los unía a los Schwalbach, desafortunada, sin duda, desde un punto de vista familiar, pero muy ventajosa para los asuntos públicos. Porque los Schwalbach eran poderosos, y estaban muy bien relacionados. Todo lo que se supo en Viena acerca del triste final de Albina era que había muerto mientras daba a luz, y todo el mundo mostraba sus condolencias a aquel pobre conde, viudo por segunda vez, tras dos años de matrimonio.

—¿Qué puede resultar de un deshonor que todo el mundo ignora? —Se preguntaba Maximiliano.



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