El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein VII
Tras la solemne aparición de Albina, los acontecimientos tristes o alegres, aunque más bien siniestros, que, desde cinco años atrás, se sucedían tan rápidamente en Eppstein comenzaron a transcurrir con mayor lentitud. A partir de aquella lúgubre Nochebuena, la permanencia en el castillo se le hacía insoportable al conde Maximiliano y, todas las noches, se despertaba sobresaltado: le parecía oír pasos por la escalera que recorría la muralla. Por el día, cada vez que se topaba con Guillermina y el lactante, se sobresaltaba. Al final, no pudo resistir más, y decidió emprender la huida de todos aquellos remordimientos. Una mañana, pidió el coche y, una hora más tarde, estaba en ruta hacia Viena, acompañado por su hijo Alberto.
