El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Agotado por tantas emociones, Maximiliano, a partir de aquel momento, ya no se dio cuenta ni de lo que hacía. Seguramente, al oír los pasos de la nodriza, cerró mecánicamente la puerta misteriosa y, guiado por ese instinto ciego que nos preserva cuando la razón se oscurece, volvió a su cámara sin hacer ruido. A la mañana siguiente, tras haber pasado una noche de febriles sueños, amaneció completamente vestido, en su cama, y se dijo:
—¡He tenido una horrible pesadilla!
Sin embargo, tras preguntar a Guillermina, resultaba que ésta, efectivamente, había pasado parte de la noche en su cabaña; para curar a su marido, Jonathas, de una herida que había sufrido en el transcurso del día anterior. Un jabalí, que se revolvió contra la jauría, se abalanzó sobre el guarda y le desgarró el muslo con el hocico. A su regreso, Guillermina había encontrado al niño tan relajado como cuando había salido.
Así que no había sido un sueño, sino una aparición. Pero como aquella idea resultaba demasiado terrorífica para el conde, éste no dejaba de repetir:
—¡Ha sido un sueño! ¡Un sueño!