El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Por eso —continuó la muerta, con voz grave y solemne—, como la querida nodriza de Everard, Guillermina, estaba ocupada esta noche, muy a pesar suyo, porque tiene a su marido herido, al ver que mi hijo lloraba, he regresado para acunarlo y dejarle tranquilo… Pero, ya regresa Guillermina. Me vuelvo a mi tumba, aunque dispuesta a salir siempre, al primer grito de mi hijo. ¡Recordadlo, Maximiliano! ¡Al primer grito! ¡Adiós!
—¡Albina! ¡Albina! —exclamó el conde.
—Adiós, Maximiliano —respondió Albina, solemnemente—; adiós, y procurad que no sea hasta la vista. Adiós, y guardad silencio. ¡Recordadlo! ¡Tenedlo siempre presente!
La sombra se apartó, a continuación, de la cuna del niño, que se habÃa quedado dormido con una sonrisa en los labios y, tras dirigirse hacia el lugar que ocupaba Maximiliano, que se vio obligado a apartarse, pasó, con un dedo en los labios, ante un conde anonadado, y desapareció por la escalera secreta.