El Castillo de Eppstein

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—Algún día lo sabréis, pero ya será demasiado tarde para vos. Es todo lo que puedo deciros; tanto muerta, como en vida, estoy ligada a un juramento. Pero aquel hombre no fue, ni podía ser otra cosa a mis ojos, que un hermano.

—Si eso fuera así —exclamó Maximiliano—, mis sospechas sobre vos habrían sido infundadas. ¿Cómo es que no os vengáis, pues?

Tras sonreír al escuchar la palabra venganza, la muerta volvió a hablar.

—Mi muerte, os la perdono, Maximiliano. Las tumultuosas pasiones humanas nada pueden contra la esfera celestial a la que nosotros, los muertos, pertenecemos. Sólo os pido que, por vuestro hijo, tratéis de atemperar vuestro comportamiento violento y huraño. No le pongáis jamás la mano encima, como hicisteis conmigo, porque debéis saber que el propio Jesús ha consentido en que, más allá del sepulcro, continúe con mis miramientos maternales, y que vigile de cerca tanto al padre como al hijo. Llegado el caso, protegería a uno y castigaría al otro: ya sabéis que fallecí en Nochebuena.

—¡Dios todopoderoso! —murmuró el conde.


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