El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Se conjura a los demonios, no a los bienaventurados —dijo, con un deje de melancolÃa, mientras su voz sonaba como música celestial—. ¿Creéis, Maximiliano, que Dios me hubiera permitido regresar al oÃr los sollozos de mi hijo, si no me contase entre Sus elegidos?
—¿Elegidos?
—SÃ, Maximiliano. Porque Dios es justo, y sabe perfectamente que siempre fui una esposa casta y fiel. Os lo dije antes de exhalar mi último suspiro, y no me creÃsteis. Os lo repito, hoy, cuando Dios ya me ha acogido en su seno, y los muertos no mienten. ¿Me creéis ahora, Maximiliano?
—¿Y el niño? —murmuró el conde, mientras señalaba a la criatura con la punta de la espada.
—Es vuestro, Maximiliano —replicó la condesa—. Cuando vivÃa, las apariencias parecÃan acusarme. Una vez muerta, creo que mi presencia aquà me justifica. Os juro, conde, que este hijo es nuestro, de los dos, y que os pertenece tan legÃtimamente como a mÃ.
—¿Es eso cierto? ¿Es asÃ? —RepetÃa Maximiliano, fuera de sÃ, como si una fuerza irresistible le obligase a pronunciar aquellas palabras. Tras un momento de silencio, añadió, balbuciente—: Entonces, ¿quién era aquel hombre, el capitán Jacques?