El Castillo de Eppstein

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Guillermina, la nodriza, no estaba. Pero, de pie, al lado de la cuna de su hijo, estaba Albina, la muerta, que lo acunaba con suavidad, mientras la criatura, sin dejar de gemir, volvía a quedarse dormida. ¡Aquel aya tan extraña era Albina! Maximiliano la había reconocido al instante. Llevaba el vestido blanco, con el que había sido amortajada. En el cuello, lucía la cadena de oro, de gruesos eslabones, que había heredado de su madre, y con la que había manifestado, en su carta a Guillermina, el deseo de ser enterrada. Albina estaba tan hermosa como cuando vivía, quizá más aún, como si la muerte la hubiese embellecido. Sus largos cabellos negros se deslizaban por unos hombros, cuya blancura era tal que resultaban transparentes. En torno a su frente, relucía una especie de vapor luminoso. Sus ojos, sobre todo, arrojaban dulcísimos destellos; su sonrisa era resplandeciente.

Cuando Maximiliano llegó al umbral, ella posó sobre él una mirada tranquila, aunque orgullosa y, tras llevarse un dedo a los labios, como si le pidiera que guardase silencio, se puso a acunar de nuevo a su hijo. Instintivamente, y con la misma mano en la que llevaba la espada, el conde trató de hacer la señal de la cruz, pero la mano se le quedó paralizada a la altura de la frente… ¡La muerta movía los labios!


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