El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Gracias a Dios que, mientras Maximiliano recibía todas estas muestras de pésame y de apoyo, sin desaprovechar ni una de las ocasiones que le deparaba su parentesco con los familiares de Albina, Everard había encontrado una madre. Todos los días, Guillermina leía la carta de la condesa, y cumplía piadosamente el sagrado testamento que le había legado su bienhechora. Aceptada como ama, ante el desdén indiferente del conde, con la exaltación de los sentimientos propia de las almas generosas, había cuidado igual, si no con más cariño, del hijo de Albina que de su propia hija. Al cabo de siete meses, destetó a su pequeña Rosamunda, mientras que, durante un año y medio más, amamantó a aquel hijo que había adoptado de todo corazón.

—Mira, Jonathas —le decía a su marido, que se mostraba un poco celoso con tales preferencias—, nuestra hija es nuestra, y a nadie tenemos que rendir cuentas. Pero si no nos ocupamos de este pobre huérfano, que no tiene a nadie más que a Dios y a nosotros, muerta su madre y con un padre que no le hace caso, ¿qué pensaría la señora? Además, ¡es un pequeño tan frágil, en comparación con Rosamunda que es tan fuerte y está tan bien!




👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker