El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Así que Guillermina fue, para Everard, la más dulce y solícita de las madres, y excepto la noche en que había tenido que dejarle para atender a su marido herido, nunca estuvo solo más de un cuarto de hora. Gracias a tan continuados cuidados, el niño se desarrolló tan bien, que era una maravilla y un placer verles a los dos juntos, a Rosamunda y a él, tan blancos, unas criaturas tan encantadoras, mientras correteaban por la hierba.
Así pasaron los años, y las aficiones de Everard se desarrollaron en un sentido más bien salvaje y poco dado al estudio. Al mismo tiempo que su hermana de leche, Rosamunda, aprendió sin dificultad a leer y a escribir; pero, como la niña no tenía que estudiar latín ni historia, tampoco él quiso ni oír hablar de aquellas materias, por más que don Aloisio, el capellán, trataba de metérselas en la cabeza. Prefería, con diferencia, correr por los bosques en compañía de Rosamunda, o seguir a Jonathas, como podía, cuando éste iba de caza. Lo que no impedía que, por las noches, le encantase escuchar, sentado al lado de Rosamunda y a los pies de Guillermina, que hilaba, alguno de los cuentos de aparecidos o de hadas que les contaban el propio Jonathas o el viejo Gaspar.