El Castillo de Eppstein

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Al poco, y como se sentía aún más debilitada, quiso evitar a su marido el dolor del adiós supremo.

—Ahora me encuentro un poco mejor —dijo—; retiraos, que voy a dormir un poco.

Jonathas se dispuso a llevarse a los niños.

—No; déjalos aquí —dijo Guillermina—; se quedarán dormidos en el sillón.

La pobre no quería morir sola. Jonathas se retiró, convencido de que su mujer tenía sueño. Pero Gaspar descubrió la verdad. Se arrojó sobre el lecho de su hija, la besó en la frente y la cogió las manos.

—¡Hasta que te vuelva a ver en el cielo! —le dijo.

Guillermina se sobresaltó. Al instante, y para que no le oyera su marido, dijo con voz queda:

—¡Adiós!

Los dos hombres abandonaron el cuarto. Jonathas, muerto de cansancio, se quedó dormido. Gaspar se puso a rezar. Al cabo de una hora, cuando ya no se oía nada, bajó las escaleras y abrió la puerta del cuarto de su hija con suavidad: Guillermina parecía dormida, como una preciosa virgen de cera sobre un lecho cubierto de rosas. En sus manos, conservaba juntas, las manitas de Rosamunda y de Everard. Los dos niños estaban despiertos, y la contemplaban.


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