El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—¡Abuelo! —Dijeron al ver a Gaspar—; ¡tenemos mucho miedo! Mamá no nos contesta, y tiene las manos tan frías que nos hiela las nuestras.

Gaspar se acercó al lecho de su hija. Guillermina había muerto. Al día siguiente, tras el entierro de su mujer, el bueno de Jonathas, más débil que el anciano Gaspar, se dejó caer de rodillas ante el lugar que ocupaba habitualmente su mujer… De repente, notó cómo unos brazos lo abrazaban, mientras dos boquitas rosas se posaban sobre sus curtidas mejillas, anegadas de lágrimas. Contempló a los dos niños, y se sintió más consolado.

Aquel mismo año, también el conde Maximiliano de Eppstein obtuvo un premio de consolación: fue nombrado consejero privado.








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