El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein VIII
Cuando Everard se vio obligado a separarse de Rosamunda experimentó un desconocido y espantoso dolor. Acababa de saber lo que es la muerte; aprendería ahora lo que es la ausencia.
A pesar de los lloros y de las súplicas de Everard, Jonathas, en cumplimiento de la última voluntad de Guillermina, llevó a su hija a Viena. Tal y como había asegurado la pobre Albina, su carta abrió a Rosamunda las puertas del convento del Tilo Sagrado, y Rosamunda fue recibida por la abadesa como si hubiese sido hija de la condesa de Eppstein.
Durante algún tiempo, Everard confió en que podría acompañarles, pero el guardabosque le había dado a entender que, sin autorización del conde, no podía llevárselo a Viena. Solo y muy triste, Everard se quedó con el viejo Gaspar.
El regreso de Jonathas no trajo tampoco ninguna alegría. Everard le obligó a repetir más de veinte veces dónde se encontraba el convento y cómo era la celda de Rosamunda. La choza, otrora tan alegre, tan llena de gritos y de canciones, se había vuelto triste y muda. La mayor parte del tiempo, sus inquilinos se quedaban frente a frente, sombríos, taciturnos: allí estaban el anciano, el hombre y el niño.
