El Castillo de Eppstein

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Gaspar no iba más allá de la casa y del jardín. Cuando hacía bueno, casi siempre se quedaba sentado en el poyo de la puerta; si llovía, se acomodaba en una silla, cerca de la chimenea. Y allí permanecía, pensativo, con los ojos cerrados, mientras repasaba sus vivos recuerdos y sonreía a sus dos hijas, Noemí y Guillermina.

Hiciera el tiempo que hiciese, desde por la mañana, Jonathas se echaba el fusil a la espalda, silbaba a los perros, se iba al bosque y, generalmente, no regresaba hasta al anochecer, con la caza que hubiera conseguido. Pasaba los días en dar vueltas por los lugares más recónditos, o se dedicaba a ver pasar el tiempo, tumbado al pie de un árbol. El alma de los dos hombres era parecida a un reloj averiado, que se hubiera parado por causa del sufrimiento. Desde que aquel dolor se apoderó de ellos, era como si no viviesen, y se limitasen a respirar.







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