El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Por lo que se refiere a Everard, era demasiado joven como para que su ardor y su vitalidad se secasen por causa del pesar. Pero, en aquel retiro profundo, apartado de toda relación con los hombres, sin familia, sin personas en quien confiar, sin haber visto del mundo nada más que el bosque y el castillo de Eppstein, sin conocer a más hombres que a Gaspar y a Jonathas, sin haber experimentado otros amores más que el cariño filial que sentía por Guillermina, ya muerta, y el fraterno por Rosamunda, separados ambos, encerrado en sus propios pensamientos, sin un corazón con el que desahogarse, se limitaba a dejar que su espíritu siguiese las directrices de su instinto, lo que daba como resultado una personalidad de fondo generoso y recto, pero brusco, extraño, salvaje. A solas consigo mismo, sus primeras impresiones infantiles se convirtieron en sus convicciones de hombre joven, y elevó sus pasiones y sus creencias profundas al rango de ingenuos sentimientos, sin darse cuenta de que eran falsos, lo que habría podido comprobar por sí mismo, si hubiera encontrado puntos de comparación en algún libro, por ejemplo, o algún consejero o guía, en la vida.