El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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El desconocido escuchó el extraño relato de Everard con seriedad, sin asomo de sonrisa, como hombre que ha sondeado en las incertidumbres y debilidades del espíritu humano, aun sin haber logrado comprobar la omnipotencia divina en toda su magnitud. Como era habitual en él, Everard habló poco del conde de Eppstein. El secreto de los celos de Maximiliano y la última hora de Albina quedaban para ella y para Dios, y aquel extraño lloró su muerte, extraña, súbita, sin suponer que se hubiera producido crimen alguno.

Por otra parte, se interesó también, y mucho, por todo lo concerniente a la familia del guardabosque.

—¿Así que conocisteis también a mi otra madre, a Guillermina, cuyo final prematuro tanto os ha impresionado? —Preguntó Everard—. También ella fue mi madre, y vos lloráis por las dos como si de dos hermanas se tratase.

—Así es; como si fueran hermanas… ¿Pero me decíais que aún vive el viejo Gaspar Muden, y que Guillermina dejó una hija a Jonathas?

—Sí; mi hermana Rosamunda. Ayer mismo, fue Jonathas a Viena en su busca. Esta noche, le comentaba a mi madre que, con su regreso, comenzará para mí una nueva era.

—¿Cuándo regresará Jonathas?


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