El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein El desconocido viajero hacía gala de tanta confianza y autoridad que Everard no se opuso en nada a sus deseos y, aunque pensativo, ambos se pusieron en marcha hacia la choza. A medida que se aproximaban al lugar, el hombre andaba más despacio y daba la impresión de que tenía dificultades para respirar, como si una emoción muy particular le oprimiese el pecho. Cuando se encontró frente a la casa, cubierta por el verdor de la parra, se detuvo de pronto sin poder dar un paso más. Everard le miraba con sorpresa, pero no se atrevió a preguntarle nada. El extraño se repuso, entró en la cabaña y se dejó conducir por su joven amigo hasta una estancia alejada de aquélla donde se encontraba el enfermo. Allí pasó todo el día, dedicado a descansar y a escribir cartas. Cuando llegó la noche, tan transparente y clara como la del día anterior, pidió a Everard, que había ido a verle, que le llevara hasta el castillo. El muchacho tenía llave de una de las portezuelas del parque y, como ya hemos señalado, los dos o tres sirvientes que el conde Maximiliano había dejado en Eppstein ni se extrañaban ni se preocupaban de si aparecía o no por allí el hijo de su señor. Everard, pues, pudo satisfacer los deseos del desconocido y le introdujo en la antigua mansión de su familia.