El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Y entró, seguido por el muchacho. Sólo la luz de la luna iluminaba la estancia, que acogía un resplandor lo bastante brillante como para distinguir con claridad cada objeto. El hombre se apoyó contra un enorme sillón de roble. —Ese sillón era el de mi abuelo, el gran conde Rodolfo— dijo el joven. —Lo sé— fue la respuesta del otro.
Entonces, acercó aquel sillón a otro de parecida factura.
—Ese otro sillón era el de mi abuela Gertrudis —dijo Everard—. Ya lo sé —replicó el desconocido.
Se volvió, a continuación, hacia la puerta y, desde allí, contempló los dos sillones colocados en aquella posición, lo que debió de suscitarle algún recuerdo lejano, porque se llevó las manos a los ojos y comenzó a llorar. Tras un instante de silencio, dijo:
—Vamos ahora a la cripta.
Everard hizo ademán de salir, puesto que no conocía otra entrada a aquel lugar que la que daba a la capilla, pero el hombre le detuvo, le tomó de la mano y le dijo:
—Ven por aquí.