El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Sorprendido, el muchacho se dejó llevar por aquel hombre que parecía conocer el castillo de sus antepasados mejor que él. El desconocido dio unos pasos hacia la tapicería situada entre la ventana y la cabecera del lecho, y apoyó su mano sobre el muro. Para mayor extrañeza de Everard, la pared cedió, y un aire húmedo le dio en la cara, al tiempo que sus ojos, acostumbrados a ver en la oscuridad, como los de los animales con los que pasaba las noches en el bosque, descubrieron los primeros peldaños de una escalera.

—Sígueme —dijo el hombre.

Y el joven, cada vez más sorprendido, se puso a andar en pos del desconocido. A medida que ambos visitantes bajaban por los escalones de aquella especie de pasillo practicado en el interior de la muralla, un tenue resplandor parecía alumbrar delante de ellos: procedía de la lámpara que iluminaba aquellos pasadizos y que, por encargo de sus antepasados, siempre debía permanecer encendida.

Everard y el desconocido llegaron hasta una pequeña reja, que estaba cerrada. El hombre alzó la mano y, de detrás de uno de los pilares, alcanzó una llave que estaba colgada de un clavo en la pared, y abrió la puerta. Everard recordó que, muchas veces, desde el interior de la cripta, había visto aquella reja, sin que jamás se hubiera preocupado por saber adónde conducía.


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