El Castillo de Eppstein

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El muchacho fue a arrodillarse ante el sepulcro de su madre; el desconocido hizo lo propio ante la tumba del conde Rodolfo. Luego, se acercó a la de la condesa Gertrudis y, al rato, a la de Albina. Tan inmerso estaba en sus oraciones que el muchacho no se dio cuenta de que el hombre se acercaba al lugar en el que él se encontraba.

Al acercarse a Everard, el hombre prestó atención a las plegarias del joven. Pero, para su sorpresa, cayó en la cuenta de que no rezaba, sino que charlaba: no oraba, como es normal, junto a la tumba de la madre muerta, sino que hablaba, como se habla con una madre viva. También hacía algunas pausas, en las cuales se dedicaba a escuchar, mientras sonreía. El desconocido se arrodilló al otro lado del sepulcro. Y así permanecieron durante largo rato, como si se hubieran olvidado el uno del otro. Por fin, el hombre se levantó y, tras tocar a Everard en el hombro, dijo:

—Ven; es tarde, y necesitas descansar —porque el joven se había quedado dormido junto a la tumba de su madre.




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