El Castillo de Eppstein

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Al otro día, y durante los días siguientes, aquel hombre se comportó con Everard de manera cada vez más paternal y familiar. Desde la escena del sepulcro, por otra parte, el muchacho le había tomado un gran cariño, actitud que aprovechó el desconocido para hacerle algunas preguntas acerca de su padre, el conde Maximiliano. Lo malo era que, sobre ese particular, Everard no sabía casi nada.

—De verdad —le dijo el joven—, no sé si sería capaz de reconocerle siquiera. Han pasado tantos años desde que se fue, y todo sucedió tan rápidamente… Como es normal, todo su afecto es para mi hermano mayor, Alberto. Pero no me quejo, porque, de este modo, me ha dejado por entero para mi madre, que me ama por los dos.

El desconocido ya había reparado en que el muchacho hablaba de su madre, no como si estuviera muerta, sino como si siguiese viva. Y aquella lucha en la que un hijo parecía empeñado en disputar el amor de su madre a la misma muerte hizo que el joven aún resultase más interesante para el extraño, que, por otra parte, parecía quererle mucho.




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