El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Al ahondar en la amistad que le unía a Everard, el hombre reparó, con enorme extrañeza, en la ignorancia de aquel espíritu tan profundo, tan reflexivo, a veces tan sutil. Un día, el desconocido pronunció ante él el nombre de Napoleón, y el muchacho le preguntó que quién era. Everard era, probablemente, el único ser humano que ignorase aquel nombre que, en aquella época, resonaba como un eco por todo el mundo. El hombre le relató entonces la epopeya de aquel personaje, en la que Egipto no era más que un canto y Austerlitz poco más que un episodio. Le contó también que Napoleón era uno de esos escasos genios que aparecen de vez en cuando para iluminar a los pueblos, como meteoros de la Providencia, llámense éstos César o Carlomagno. Pero el chico desconocía por igual los nombres de tales personajes, de los que tampoco había oído hablar.
Cuando el desconocido le contó las hazañas de los Alpes, de Italia y de Egipto, el muchacho escuchó con ingenuidad y asombro aquella primera irrupción de la historia en su soledad, como si fuera un cuento de Las mil y una noches. Pero su mente era vasta y profunda: su vida le había preparado para lo maravilloso, para lo infinito y, pronto, la admiración ocupó el lugar de aquella primera sorpresa.