El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein II
Gaspar Muden tuvo una hermosa muerte, una muerte como no suelen tenerla ni los reyes, por muy rodeados de príncipes y de sirvientes que se encuentren. A ambos lados de su lecho, Conrado de Eppstein y Rosamunda le cogían las manos, como si fueran representaciones de los ángeles invisibles de Guillermina y Noemí, que venían en ayuda del moribundo. A los pies de la cama, Everard y Jonathas lloraban.
Los dos últimos deseos de Gaspar en vida se habían hecho realidad. La más feliz de las muertes coronaba así una vida de entrega, y su último suspiro se vio iluminado por una divina sonrisa, anticipo del cielo que resplandecía ya en su cara en este mundo. De la misma manera, y gracias a una serena confianza, el dolor de los hijos que perdían a su padre se vio aliviado. Aquel final, tranquilo y hermoso, como una puesta de sol en otoño, les había parecido una recompensa. Y cuando al día siguiente, al alba, según la costumbre de los trabajadores del campo, acompañaron hasta la tumba el cuerpo del abuelo, sus lágrimas no carecían de una dulzura llena de una indefinida esperanza.
