El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Fue, precisamente, a través de aquellas lágrimas atemperadas por la fe, cuando Everard se percató por vez primera de la blanca y esplendorosa figura de Rosamunda. Como hemos dicho, esperaba, en su ingenua torpeza, volver a encontrarse con la niña juguetona y risueña que había conocido. Se imaginaba que tomaría su mano y que la tutearía como años atrás, incluso que su primer saludo sería un franco abrazo fraternal. Pero la niña se había convertido en muchacha y, al compararla con sus sueños hechos realidad, Everard se paralizó, tímido y callado, sin atreverse a dar un paso hacia aquella hermana tan cambiada. Su silencioso éxtasis debió de ser muy profundo, porque durante un minuto, un solo minuto a decir verdad, le hizo olvidar al viejo amigo que acababa de perder, así como al hermano de su padre, a quien acababa de recuperar.