El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Sin lugar a dudas, Rosamunda era una encantadora criatura. A sus quince años, alta y ya formada, lo primero que llamaba la atención de su aspecto era un destello encantador, una mezcla de prudencia y bondad, que imponía respeto, a la vez que le otorgaba una cierta gentileza. Todo en ella rezumaba una admirable castidad, mientras que de sus finos y puros rasgos emanaba un infinita calma. Su frente lisa y sus ojos azules eran un asiento de paz y dulzura. Era hermosa, también, con la eterna belleza de las estatuas, vivificada por una orgullosa gracia y una modesta alegría, como sólo Rafael supo transmitir a sus divinas vírgenes.
¡Imaginad el asombro que debió de producir en el salvaje Everard aquella resplandeciente aparición que venía a iluminar su soledad! Por muy sencilla que resultase la vestimenta de Rosamunda, a los ojos del muchacho de los bosques de Eppstein, era como una reina, un hada, un ángel, y aquella primera revelación de la belleza ideal inoculó en su alma una inquietud desconocida. A él, hijo de un conde, le pareció que aquella hija de campesinos se había elevado hasta una altura a la que él no podría llegar. Y consideró como un abismo entre ella y él la ingenua admiración que le producía, porque pensaba que nunca sería capaz de colmar aquella inmensa distancia.