El Castillo de Eppstein

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Fue Rosamunda quien, al darse cuenta de que su amigo de la infancia no la reconocía, se acercó a él, al tiempo que le tendía su mano blanca y le decía con dulzura:

—Hola, Everard.

El encanto quedó roto. Sin embargo, las pocas palabras que Everard intercambió con Rosamunda estuvieron marcadas por aquel extraño respeto que le había sobrevenido al volver a ver, por vez primera, a aquella que, hasta entonces, había considerado su hermana. Pero aquella fugaz conversación, en voz baja y con la frente ruborizada, pronto se vio interrumpida. Además, el día de la muerte de Gaspar tenía que estar dedicado a la oración, a la reflexión y a las lágrimas. La cena tuvo lugar en familia, pero en silencio.

Aquel día, a la vuelta del cementerio, mientras Rosamunda permanecía arrodillada en el reclinatorio de su madre, en la habitación que había sido de Guillermina, Conrado de Eppstein se llevó aparte a Everard y a Jonathas, para hacerles partícipes de algunas confidencias antes de su marcha: tenía que regresar a Francia de inmediato, donde le reclamaba su deber. Se había retrasado para estar presente en el entierro del padre de su Noemí, pero no quería separarse del hijo de Albina y del marido de Guillermina, sin contarles cómo había sido su vida pasada y el porvenir que le esperaba.


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