El Castillo de Eppstein

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—Estoy excluido —les dijo— de mi familia, así como de la vida. Aparte de vosotros, nadie se interesa por mí en este mundo; sólo vosotros sabéis de mi existencia. Porque he decidido enterrarme vivo, extinguir mi apellido y mi persona, borrarme de la faz de la tierra. Mi historia es triste y fatal. Vosotros sólo sabéis una parte, yo os la contaré entera, hasta el final. Mi padre me desterró por causa del amor puro y santo que me embargaba, y busqué asilo en Francia, donde me refugié con mi amada. Aunque era caballero, oculté mi rango, y adopté un nombre corriente, un apellido vulgar. Conseguí ser olvidado y, durante algún tiempo, hasta me olvidé de mí mismo. Pero en Francia rugía la Revolución, y resulta difícil preservar la llama pura del amor del soplo de una tempestad como aquélla. Sin darme cuenta, aspiré las ideas eléctricas que portaban aquellos vientos tempestuosos, y leí a Jean-Jacques y a Mirabeau, al tiempo que me familiarizaba con los osados pensadores del siglo XVIII. Tanto los estudios como las ilusiones de mi juventud me habían predispuesto a tal aprendizaje. Como alemán desterrado de Alemania y noble repudiado por su clase, adopté la filosofía como familia y la libertad como patria. Libre de los instintos que me habían inculcado, de los prejuicios que me habían impuesto, desde fuera, fui capaz de emitir un juicio más sereno sobre aquellos que me habían expulsado de su seno, y vi con claridad, al mismo tiempo que sus glorias, las faltas que habían cometido en el pasado y las tendencias que, en su contra, se perfilaban en el porvenir. Vestí de nuevo la espada, no la de conde, sino el sable de soldado, y me puse al servicio de la joven república durante el tiempo que durase mi existencia. Noemí, a quien su dulce corazón le obsequiaba con mejores pálpitos que mi razón orgullosa, me dejaba hacer, sin mostrarse contrariada, y se contentaba con sonreírme con tristeza, porque aquella noble mujer era casi feliz al ver cómo yo revivía, con tanto entusiasmo. Cierto, que yo no había hecho más que cumplir con mi deber para con ella, que, a su vez, había jurado recompensarme por ello con el constante sacrificio de su felicidad, de su alma y de su vida. ¡Y bien que cumplió su palabra! Me animaba, pues, a todo lo que me devolvía la esperanza, y siempre parecía compartir mis ilusiones, sin quejarse nunca del abandono en que la dejaba. ¡Qué ciego estaba! No entendí su abnegación, y me dejé, me dejé llevar, sin preocuparme de nada al verla tranquila. Pero no tardaría mucho en darme cuenta de mi doble error: hasta los vinos más generosos provocan embriaguez. Los primeros vapores de la libertad privaron a Francia de razón, y pronto hube de reconocer la vacuidad de mis sueños tendido en la paja de un calabozo.


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