El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein Ya estáis al tanto del resto de mis desgracias. Ni siquiera la muerte apartó un momento a mi Noemí de su dedicación a mí y, a cambio del apellido que yo le había dado, ella me dio su vida. No sé lo que hice durante tres o cuatro años, a qué me dediqué o en qué pensé durante aquellos primeros tiempos de viudedad; no me acuerdo de nada. Hasta ignoro los sueños que poblaban, por entonces, mi descanso.
Pero, al oír hablar de las primeras victorias de Napoleón, salí de aquella torpeza. Aunque era como un cadáver ambulante, la admiración que sentía hizo que reviviera. Los principios a los que había prestado mi adhesión en otro momento no eran simples quimeras, puesto que se encarnaban en aquel hombre y se disponían a conquistar el mundo entero. Sentí que mi vida, echada a perder y desperdiciada hasta aquel momento, aún podía valer para algo, y que, en los grandes momentos del género humano, siempre hay un papel que cumplir y ser útil a los demás, no fuese más que mediante el sacrificio, como Curcio.