El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Jonathas, Everard, ya estáis al tanto de todo. He creído que era mi deber ofrecer un consuelo al padre de Noemí en sus últimos momentos, y no he sido capaz de ocultaros la vida que he llevado a vosotros, que sois tan sencillos y tan cariñosos. Pero, guardadme el secreto, os lo suplico: hay dos hombres en mi interior, y quiero olvidar al antiguo. Me parece como un sueño el mes que he pasado en esta cabaña. Pero ha llegado la hora de despertar, y prefiero no acordarme de los dulces fantasmas que me han obsesionado. Prosigo, pues, mi obra, y vuelvo a desempeñar el papel que le ha tocado representar a mi persona. Amigos míos, os lo pido una vez más, ni una palabra de lo que os he dicho. Quede todo en vuestros corazones, y que, de ninguna manera, mi hermano se entere de que he estado por aquí. Si le hubiera encontrado tan triste como a usted, Jonathas, quizá no hubiera podido contenerme y le hubiera dado un abrazo; pero sé que es feliz, así que no perturbemos su felicidad. Y ahora, me despido de vosotros, amigos míos. He de partir inmediatamente. ¿Volveremos a vernos? Sólo Dios lo sabe. Sin embargo, algo me dice que no será ésta la última vez que haya de salir de Eppstein. Adiós, Jonathas. Insista en lo secreto de todo este asunto a su hija Rosamunda. En cuanto a ti, Everard, a quien aún he de hacer algunas revelaciones, ¿te apetece venir conmigo, por el Rhin, hasta Worms, y hacerme compañía durante unos días? —Y Conrado añadió, en voz baja—: Hablaremos de tu madre.


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