El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Querido tÃo, me gustarÃa hacerlo tanto como el cariño que os tengo. —Pues, bien; nos vamos dentro de una hora. Dentro de ocho dÃas, estarás de vuelta.
Aunque parezca mentira, Everard estaba encantado de salir de Eppstein, por alejarse de Rosamunda, porque sentÃa una especie de temor, por ella y por él: temblaba ante la idea de verse de nuevo ante aquella encantadora muchacha, y aceptaba con alegrÃa todo lo que pudiera retrasar el momento en que volviera a sentirse solo en su presencia. Asà que preparó con rapidez y alegrÃa sus pertenencias; y su despedida de Rosamunda, al producirse al tiempo que la de Conrado, transcurrió con normalidad. No se percató siquiera del inocente disgusto que reflejó el rostro de la muchacha cuando le vio alejarse tan rápida como alegremente.